La felicidad también existe en las residencias de ancianos

22 junio, 2017
La felicidad también existe en las residencias de ancianos

La vida se divide en una serie de etapas de las que nadie podemos escapar. La primera, la infancia, es la del ocio. La segunda, la de la adolescencia, es la que permite sentar las bases de nuestro futuro. Convertidos en adultos, llegamos a una etapa marcada por el estrés, las preocupaciones y también a una etapa cargada de emocionantes momentos como una boda o el tener descendencia. Finalmente, la vejez es una etapa que se contrapone a la anterior puesto que aquí lo importante es descansar, dejar de lado todos los problemas y centrarse en vivir.

Conseguirlo, no obstante, es complicado. Las personas mayores necesitan cuidados personalizados y atenciones constantes porque son los más expuestos a todo tipo de enfermedades y dolencias. Cuidados y atenciones que en muchas ocasiones no pueden ser realizados por las familias a causa de motivos laborales. ¿Qué hacer al respecto? Trasladar a nuestros mayores a una residencia puede ser la alternativa ideal. Pero no a cualquiera.

El pasado mes de noviembre la situación en mi familia era desesperante. Mi madre, de noventa años, había perdido muchas de sus facultades físicas y apenas podía moverse. Eso complicaba la vida de todos sus hijos e hijas (somos cuatro en total) porque no nos podíamos hacer cargo de ella como realmente nos gustaría. Necesitábamos encontrar una solución a un problema de este calado. Y necesitábamos hacerlo de manera muy urgente.

Las discusiones entre todos los hermanos y hermanas eran bastante fuertes. Mario y Andrea, los mayores, defendían que podíamos organizarnos para cuidar de nuestra madre entre nosotros. Sin embargo, Laura y yo, los menores, creíamos conveniente trasladar a la mujer a una residencia porque sabíamos que de esa manera podría estar mejor atendida y habría muchas menos posibilidades de que ella sufriera un contratiempo. Así, desde luego, la mujer podría disfrutar con tranquilidad de sus últimos años de vida.

Después de que Laura y yo convenciéramos a los otros dos de la necesidad de que nuestra madre estuviera atendida por profesionales, llegaba el momento de decidir en qué residencia íbamos a depositar nuestra confianza. La importancia de esta decisión era lo más relevante de todo el proceso porque no todas ofrecen los mismos servicios ni las mismas comodidades. Teníamos que encontrar algo que realmente sirviera para que nuestra madre se sintiera en perfectas condiciones.

Después de unos días recabando información dimos con la ubicación ideal. Se trataba de Sanvital, una residencia de ancianos situada en Madrid (ciudad en la que vivimos los cuatro hermanos) y que también cuenta con apartamentos tutelados. Desde el primer momento creímos conveniente confiar en una entidad así porque la mujer estaría las veinticuatro horas del día atendida y tendría derecho a servicios como lavandería, belleza, peluquería y todo tipo de actividades dedicadas a fomentar el envejecimiento activo y el ocio.

Argumentos para la mejoría

Decidimos trasladar a nuestra madre en diciembre y han hecho falta apenas seis meses para tener plena consciencia de que el acierto ha sido mayúsculo. El cambio que ha dado su vida ha sido realmente extraordinario porque ahora se le ve mucho más animada, físicamente recuperada y bastante más feliz.

Buena parte de culpa la tienen los profesionales de Sanvital. La verdad es que a la mujer no le ha faltado de nada durante el medio año que lleva viviendo en la residencia. Cuando requiere atención no pasan ni siquiera dos minutos hasta que aparece uno de los médicos o enfermeras de la residencia. Por otro lado, ha conseguido establecer y mantener una vida social plena puesto que ha comenzado a relacionarse con otros de los ancianos y ancianas de la residencia que ahora son buenos amigos y amigas.

Los cuatro hijos hemos quedado gratamente sorprendidos y satisfechos con su nueva situación. Por suerte se ha conseguido resolver ese gran problema que suponía que nuestra madre no recibiera la atención que necesitaba y que por supuesto merecía. Sabemos que tiene noventa años y que su vida se encuentra en esa última etapa de la que hablaba en un principio. Pero también sabemos que ahora es feliz y que estos últimos años los vivirá con ganas y con ilusión.