Siendo yo, mi otro yo

16 octubre, 2017
Siendo yo, mi otro yo

¿Conocéis ese momento en el que tu cuerpo y tu mente se ponen de acuerdo para decir “basta”? No sabría cómo catalogarlo pero no se lo deseo a nadie, es como si un interruptor que da fuerza al mecanismo de tu organismo tuviera una subida de energía y se quemara. En ese punto ya no hay vuelta atrás, da igual las veces que intentes encenderlo de nuevo porque hasta que no venga un técnico que lo arregle no volverá a funcionar, y el problema es que ese técnico no eres más que tú mismo, y no tienes ni idea de por dónde empezar.

La primera vez que me pasó debía de tener unos 23 años y estaba en el último curso de una larga licenciatura de 5 años. Hubo varios acontecimientos en mi vida que fui soportando como pude, con una sonrisa en la cara, hasta que mi cuerpo y mi mente colapsaron y entonces no tenía fuerzas para nada. No voy a decir que fuera fácil salir de ahí pero a esa edad lo único que tenía que hacer, por suerte, era acabar la carrera, así que dejé pasar los exámenes finales de junio porque no tenía fuerza para nada y repetí el año completo.

Jamás había repetidor curso, ni en primaria, ni en secundaria, y tener que hacerlo el último año de carrera fue para mí algo mucho peor de lo que puede parecer a priori, pero no había otra opción. Ese verano, e incluso a principios del curso siguiente, estuve recuperándome con la ayuda de profesionales. Todo salió bien y no puedo decir que perdiese un año de mi vida porque, al fin y al cabo, aprendí muchísimo de todo lo acontecido.

Desde entonces, todo había ido de fábula. Con mis problemas, como todo hijo de vecino, pero más o menos bien, dentro de la media. Hasta que hace poco más de un año todo volvió a ponerse muy negro. Esta vez, sin embargo, no había habido ningún detonante que me hiciera sospechar el motivo de mi estado. Al menos no aparentemente. Pero el resultado era el mismo, un cuerpo inerte sin ganas de hacer nada ni fuerzas para obligarse.

La parte positiva es que sabía lo que tenía que hacer: buscar ayuda profesional. Al principio acudí al mismo psicólogo que hace años me trató en aquella primera experiencia  y me recomendó que hiciera caso a mi mente y que delegara ciertos aspectos de mi vida. Contraté un servicio de limpieza a domicilio, a Eurobrill, empecé a comprar la alimentación y la droguería online, en Tu Club de Compras,  para ahorrar tiempo, y dejé casi todas las actividades que hacía fuera de casa para intentar desestresarme y relajarme como me dijo, pero aquello no funcionó.

No se trataba de estrés, sino de agotamiento físico y mental

No sé si me relajé o no con aquella sensación de “no tener nada que hacer” pero cuanto más tiempo pasaba en casa sin salir a la calle menos me apetecía vestirme y pasear. Era una situación extraña porque, al mismo tiempo, mi cuerpo me pedía aire, un poco de movimiento, y cuando me disponía a ello me entraban ganas de entrar de nuevo entre las mantas de la cama y no salir en unos cuantos días. Al final me di cuenta de que, por muy profesional que fuera, aquel psicólogo se había equivocado conmigo esta vez, y aunque me quedé con el servicio de limpieza y seguí comprando por Internet, decidí cambiar de profesional. Acudí entonces a Maribel Paz, la psicóloga que por fin me daría las pautas para recuperarme y no volver a caer en ese abismo del que parecía no poder salir.

Y es que ese es el problema de muchos profesionales de la psicología, te ayudan en el momento en el que te encuentras hasta que te dan el alta porque te has recuperado, y tú te sientes bien, llena de energía, sabiendo que has superado una fase horrible de tu vida… hasta que te das cuenta de que no tienes recursos ni mecanismos, que no has aprendido qué debes hacer para evitar que vuelva a sucederte algo similar, y es entonces, cuando menos te lo esperas, cuando estás de nuevo allí abajo.

Como ella bien dice, “cuando ser uno mismo es agotador, no lo dudes, descansa de ti mismo y logra ser otro, tu mejor yo”.

Con Maribel aprendí a ver venir al toro y a agarrarlo por los cuernos para evitar que me embistiera de nuevo. Aprendí cómo reconocer lo que me pasa y como he de actuar para evitar que algo vuelva a desestabilizarme. Y aprendí que a veces no es necesario ser perfecto, sólo ser tú mismo.