Destrozando un Pontiac

16 diciembre, 2016
Destrozando un Pontiac

Lina Morgan, esa fantástica y entrañable actriz cómica que nos dejó no hace mucho, decía en sus obras de teatro que ella era una “churrera frustrada”, pues bien, yo soy una “amante del motor frustrada”. ¿Sabéis que para tener como hobby el mundo del motor hay que nacer millonario? Pues sí, si eres una chica de barrio humilde con un trabajo mileurista más te vale tener otro tipo de afición, porque esa se escapa de tus manos.

Fue mi padre quien me aficionó al mundo del motor. Cuando era niña me llevaba a todas las exposiciones de coches que se organizaran en nuestra provincia y veíamos juntos la fórmula 1. Tal vez la mayor diferencia entre su afición y la mía es que yo adoro el vehículo antiguo mientras que a él le da igual del año que sea mientras que corra mucho.

Obviamente nunca he podido tener un vehículo de las características que a mí me gustan, o a mí padre, y me conformaba con modelos mucho más humildes, pero nunca he dejado de mirar en casas de segunda mano buscando una ganga que nunca llegaba. Un día, visitando una de esas casas de compra-venta especializada en vehículos antiguos, encontré un Pontiac hecho polvo que prácticamente se caía a cachos.  Se trataba de un Pontiac Firebird del 71. Tenía la carrocería oxidada, del interior caían trozos de tela y la tapicería daba asco, literalmente, pero el motor arrancaba y eso ya era un plus. Me lo vendían por 2.000 euros y no me lo pensé, me lo llevé directamente al garaje.

Mala idea

La idea era arreglarlo yo misma, aunque tardase 20 años, me daba igual. Lo importante era dedicarle mi tiempo y, dentro de algunos años, pasear por las calles de mi ciudad con una joya sobre ruedas. Estuve yendo a Desguace Aeropuerto todas las semanas durante más de cinco meses y cada pieza que entraba de Pontiac Firebird me la llevaba al mismo garaje donde estaba mi gran adquisición.

El problema venía cada fin de semana, cuando me embutía en mi mono de trabajo y me lanzaba a lo loco contra el vehículo. Cuando creía que estaba dejando algo en perfecto estado me daba cuenta de que algo fallaba. Una vez conseguí arreglar el alerón izquierdo, o eso pensaba yo, porque cuando fui a montarlo otra vez me di cuenta de que la curvatura perfecta que yo había hecho era mucho más abierta de los que necesitaba y ahora tenía que rehacer todo de trabajo (si es que podía). En otra ocasión quise re-tapizar el interior del vehículo. Soy consciente de que no lo iba a hacer bien, ni por asomo, pero tenía la típica grapadora de tela para tapizar sillas de comedor que me compré hace años cuando redecoré mi casa y pensé “de perdidos al río”. La idea era buena, y la cosa no empezó demasiado mal, pero llegó un momento en el que la tapizaría vieja, que era donde yo estaba grapando la nueva, empezó a rasgarse sola, supongo que por el tiempo que tenía. Estaba totalmente quemada, como cuando lavas algo de ropa blanca con lejía y luego se rasga en cuanto la tocas.

El caso es que pasados dos años el coche estaba peor que cuando lo había comprado y, teniendo en cuenta que pagar para que me lo restauraran era algo inviable, acabé por venderlo de nuevo a otro entusiasta del motor.

De esto aprendí algo muy bueno, además de que hay que ser un pastoso para tener este hobby, y es que es mejor no meterse a marinero cuando no sabes faenar.