Bajo las luces amarillas

Capítulo I

La alarma rompe el silencio de la habitación con ese pitido agudo que siempre parece demasiado temprano.

—Joder…

La maldigo con los ojos todavía cerrados. Qué a gusto se está en la cama caliente.

Tanteo la mesilla hasta encontrar el móvil y apago la alarma torpemente.

Por dios… que no suene otra vez.

Durante un segundo me quedo boca arriba, sin moverme. Fuera de la cama debe hacer frío. Lo noto incluso debajo de las sábanas.

Suspiro.

Suficiente.

Miro el móvil otra vez.

05:06.

Me paso las manos por la cara y me incorporo de golpe.

—Qué frío, joder…

El suelo está helado cuando apoyo los pies. Me visto rápido, casi por costumbre: sudadera, pantalón de chándal… lo de siempre. A estas horas no hay mucho margen para pensar en otra cosa.

Ni café ni nada.

Prefiero entrenar en ayunas. Comeré después, cuando el cuerpo ya haya hecho su parte. Mientras me visto pienso en el almuerzo, como casi todos los días. Quizá hoy le diga a los chavales de pasar por nuestra cafetería favorita.

Los bocadillos enormes que siempre pide Jake.
Alex discutiendo con el camarero porque quiere añadir algo más al plato.
Y yo mirando la carta un buen rato antes de decidir si hoy toca tortilla o algo más serio.

Sonrío un poco solo de imaginarlo.

Me ato las zapatillas y estiro un momento antes de salir.

Cuando abro la puerta del portal, el aire frío me golpea la cara de golpe.

Todavía es de noche.

Las farolas iluminan la acera con esa luz amarilla que hace que todo parezca medio dormido. No hay casi nadie por la calle, solo algún coche lejano y el eco de mis pasos cuando empiezo a correr.

El cuerpo tarda un par de minutos en entrar en ritmo.

Luego todo se vuelve automático.

Respirar.
Zancada.
Respirar.

Me dirijo a donde siempre. Las mismas calles, las mismas esquinas todavía a oscuras. Cuando doblo la esquina del pabellón ya puedo ver las luces amarillas del interior encendidas.

Sonrío un poco.

Eso significa que no soy el primero.

Empujo la puerta lateral y el sonido del balón rebotando en la pista llega desde dentro.

Es Jake.

Lo reconozco antes incluso de verlo. Ese ritmo suyo al botar, siempre un poco más rápido de lo necesario.

Diría que ama esto casi tanto como yo.

Jake ni siquiera se gira cuando entro. Sigue botando mientras avanza hacia la canasta y lanza en suspensión. El balón golpea el tablero y entra limpio.

—Sabía que no tardarías —dice.

Dejo la sudadera en el banco y camino hacia la pista.

—No te acostumbres.

Jake sonríe mientras recoge el balón.

—Algún día voy a llegar antes que tú.

Atrapo el balón cuando me lo lanza.

—Ese día será porque te habrás quedado a dormir aquí.

Jake se ríe.

—No lo descartes.

—¿Uno contra uno?

—Claro.

Me lo lanza.

—A ver quién empieza perdiendo hoy.

Atrapo el balón y lo hago botar una vez contra el parquet.

—Tú primero.

Jake sonríe.

—Luego no digas que no te di ventaja.

Jake sonríe.

Empieza atacando rápido. Siempre ha tenido un primer paso peligroso y me obliga a retroceder más de lo que esperaba. Amaga hacia la derecha, cambia de dirección en el último momento y lanza cerca del aro.

El balón golpea el tablero y entra.

Jake levanta un dedo.

—Uno.

Recojo el balón y lo hago botar un par de veces.

Avanzo despacio, probando el espacio. Amago el tiro, Jake no pica. Cuando intenta cerrarme el paso ya estoy girando hacia la canasta.

El balón entra limpio.

—Empate —digo.

Jake resopla.

—Esto va a ser largo.

Cuando paro un segundo para beber agua y miro el reloj del marcador, ya ha pasado más de una hora.

Jake también se fija.

—Apuesto a que sigue durmiendo.

—Seguro.

Como si nos hubiera oído, la puerta del pabellón se abre de golpe.

Alex aparece arrastrando la mochila por el hombro, con el pelo revuelto, la sudadera mal puesta y cara de no haber terminado de despertarse. Se queda quieto un segundo mirando la pista.

Todavía tiene legañas en los ojos.

Jake levanta los brazos como si acabara de ver una aparición.

—¡Mirad quién ha llegado! El atleta profesional.

Alex deja la mochila caer en el banco.

—No entiendo cómo podéis hacer esto todos los días.

—Dormir también es una habilidad —dice Jake—. Pero creo que tú ya eres profesional.

Alex bosteza mientras camina hacia la pista.

—Son las siete y pico… la gente normal duerme a estas horas.

—La gente normal no juega esta noche —dice Jake.

Alex se estira un poco y recoge el balón que rueda cerca de sus pies.

—Ah, verdad… el equipo nuevo.

Jake se pasa una mano por la frente, todavía sudando.

—Dicen que vienen fuertes.

Alex me mira.

—¿No os contó nada más el entrenador ayer?

—Que juegan rápido —respondo—. Y que su base es peligroso.

Jake asiente.

—Sí, ese lo he visto jugar alguna vez. Alto, rápido… y no le tiembla la mano para tirar.

Alex hace girar el balón entre las manos.

—Perfecto. Justo lo que necesitábamos.

Jake sonríe.

—Tranquilo. Para eso tenemos a Hugo.

Le lanzo el balón de vuelta.

—Calienta.

Alex suspira.

—Vale, vale… pero si pierdo hoy es porque me habéis despertado demasiado pronto.

Jake se ríe.

—Llevamos una hora aquí.

Alex abre mucho los ojos.

—¿Una hora?

Se queda mirándonos a los dos.

—Estáis enfermos.

Jake encoge los hombros.

—Probablemente.

El balón vuelve a botar contra el suelo. Las gradas hacen ese ruido constante que se mezcla con el eco del balón contra el parquet. Zapatillas chirriando, voces desde el banquillo, alguien gritando mi nombre desde algún sitio.

El partido empieza rápido.

Jake roba el primer balón y salimos corriendo. Le devuelvo el pase cerca de la línea de tres y lanza sin dudar. El aro escupe el balón hacia arriba, pero Alex aparece debajo para empujarlo hacia dentro. Los primeros minutos pasan casi sin darte cuenta.

Correr.
Defender.
Atacar otra vez.

Todo es bastante normal.

Hasta que lo veo.

Al principio solo es una jugada más.

Un jugador del otro equipo roba un pase en mitad de la pista y sale disparado hacia el aro. Es fuerte, se nota en la forma en que se abre paso entre dos defensores. Cuando salta, el aro parece quedarse pequeño.

El balón entra limpio.

Cae al suelo con facilidad, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Y sonríe.

Una sonrisa amplia, relajada, como si estuviera disfrutando de cada segundo del partido.

No lo había visto antes.

Piel clara. Pelo oscuro, algo ondulado. Cuando corre se le cae un mechón sobre la frente y se lo aparta con un gesto rápido.

Sus ojos son muy oscuros.

Desde la distancia parecen negros.

La siguiente vez que lo veo es en defensa.

Se mueve rápido. Muy rápido.

Anticipa el pase antes de que llegue a salir de mis manos y vuelve a correr hacia el aro.

Jake me mira mientras volvemos a defender.

—Ese tío juega bien.

Asiento.

Pero cuando el balón vuelve a llegar a mis manos en la siguiente jugada, ocurre algo curioso.

El mismo jugador aparece delante de mí.

Y la sonrisa desaparece.

Ahora está completamente serio.

La mirada cambia. Más fija. Más dura.

Desafiante.

 se mueve.

Rápido.

Demasiado rápido para lo que esperaba. Amaga hacia la derecha y cambia de dirección antes de que termine de reaccionar. Tengo que corregir el paso en el último momento para no perderlo.

Es bueno.

Muy bueno.

Vuelve a intentarlo en la siguiente jugada. Esta vez entra con más fuerza, usando el cuerpo, buscando espacio bajo el aro. Consigo cerrarle el paso y el balón golpea el aro antes de salir despedido hacia fuera.

Las siguientes jugadas pasan casi sin respirar.

El pabellón empieza a calentarse.

Las gradas suenan más fuertes. Palmas, gritos, alguien golpea el suelo con los pies. El eco del balón contra el parquet se mezcla con el ruido de la gente.

El marcador sigue moviéndose.

Un punto arriba.
Uno abajo.
Empate otra vez.

Noto la adrenalina subiendo por el pecho. Esa sensación que solo aparece cuando el partido te exige de verdad.

Y no puedo evitar sonreír.

Hace tiempo que un rival no me obligaba a jugar así.

Durante un segundo todo parece quedarse en silencio. Solo escucho mi respiración y el ruido de las zapatillas sobre el parquet.

Miro el marcador.

Un punto arriba.

Solo uno más y esto se acaba.

Jake recibe primero y levanta la cabeza buscando opciones. Alex se mueve hacia la esquina y Luca corta por el centro intentando arrastrar a su defensor.

—¡Hugo! —grita Jake.

El balón llega a mis manos.

El pabellón vuelve a rugir de golpe. Las gradas gritan, alguien golpea el suelo con los pies. Christian aparece delante de mí, completamente serio ahora.

El tiempo parece detenerse por un momento.

Lanzo. El balon rodea la canasta, parece que se va a salir, todos nos encogemos por un segundo y…

El balón entra.

Todo  el pabellón se levanta agitado.

Quedan apenas unos segundos. Esto ya esta por hoy.

Con mi rabillo del ojo veo que el equipo rival se mueve rapido, tan rapido que apenas puedo seguirlos con la vista.

Un pase.
Otro.

Demasiado rápido. llega a Christian.

Ni siquiera duda.

Lanza en el mismo movimiento en que recibe.

El balón vuela hacia el aro.

Durante una fracción de segundo todo el pabellón contiene la respiración.

Entra.

La bocina suena inmediatamente después.

Empate.

No me lo esperaba.

Nos quedamos un momento en mitad de la pista mientras las gradas siguen comentando la última jugada. Algunos se acercan a chocar las manos, otros ya van caminando hacia el vestuario.

Yo sigo mirando el marcador.

No estaba en mis planes que terminara así. 

—Hugo.

La voz del entrenador me saca del pensamiento. Está unos metros más atrás, con los brazos cruzados.

Me acerco.

—Lo teníamos —dice.

Asiento.

—Sí.

Se queda mirando hacia la pista un momento.

—La última defensa fue demasiado abierta.

—Podríamos haber cerrado más el pase exterior —le digo—. O haber cambiado la marca cuando cruzaron el balón.

El entrenador asiente despacio.

Empiezo a explicarle  lo que vi desde la pista. Cómo se movieron, posibles puntos debiles, cómo podríamos haber cerrado ese tiro si hubiéramos rotado un segundo antes.

el entrenador levanta una mano.

—Vale, vale… —dice—. Lo vemos mañana con calma.

Asiento.

—Sí.

Me da una palmada breve en el hombro.

—Buen trabajo hoy Hugo

Cuando entro al vestuario me doy cuenta de que he tardado más de lo que pensaba.

No queda nadie.

Solo el sonido lejano del agua cayendo y una nube espesa de vapor flotando en el aire, como si las duchas hubieran estado funcionando hace un momento.

Las taquillas abiertas, alguna toalla tirada sobre un banco.

Saco el móvil del bolsillo.

Un mensaje.

Jake.

«¿Te has quedado a vivir en el pabellón o qué?»

Debajo aparece otro.

«Estamos en el Salas. Luca, Alex y algunos más del equipo. Vamos a tomar algo.»

Y un tercero.

«Muévete, estrella. Te esperamos aquí.»

No puedo evitar sonreír. 

Cuando cierro la puerta del vestuario, el calor sofocante me golpea, haciendo notar que las duchas que han estado funcionando hace unos minutos…dejando el ambiente cargado de vapor que flota en el aire como niebla espesa.

Camino hasta mi taquilla y dejo la mochila en el banco. El calor se pega a la piel todavía húmeda de sudor. Me quito la camiseta empapada y la dejo caer al suelo. Necesito una ducha ya.

Mientras avanzo hasta las duchas escucho el eco lejano del agua cayendo. Frunzo el ceño. Creía que ya no quedaba nadie. Son veces contadas las que puedo ducharme sin todos (broma para referirse a sus compañeros y amigos)

Me acerco a la zona de duchas, el vapor es todavía más denso. Apenas se distinguen bien las paredes de azulejo. Las duchas aquí son abiertas, en fila, separadas solo por un pequeño espacio.

El agua sigue cayendo en una de ellas. Supongo que alguien se la ha dejado abierta.

Entro sin pensarlo demasiado. Llevo duchándome en vestuarios desde que tengo memoria. Compartir espacio en las duchas nunca ha sido algo que me incomode.

Abro el grifo de la ducha contigua y el agua caliente cae sobre mis hombros con un golpe casi doloroso al principio.

Cierro los ojos un segundo.

El cuerpo todavía late por el partido.

Respiro hondo.

Intento ordenar lo que ha pasado en la pista. Empiezo a reconstruir mentalmente el movimiento del rival.

Christian.

La forma en que se mueve.

Rápido. Muy rápido.

Cómo cambia de dirección casi sin perder velocidad.

Abro los ojos de nuevo, dejando que el agua me corra por la cara.

Pienso en su mirada durante el partido. En esa concentración absoluta cuando defendía. En la sonrisa que tenía al principio, antes de ponerse serio.

Entonces noto algo.

Una presencia.

Una sensación extraña en la espalda.

Como si alguien me estuviera mirando.

Me giro.

El vapor se mueve ligeramente entre nosotros.

Y lo veo.

Es él.

Christian.

Está en la ducha de al lado, a menos de un metro.

El agua cae sobre su cuerpo mientras se enjuaga con calma, como si llevara allí un rato. El pelo oscuro, mojado, cae sobre su frente. Se lo aparta con un gesto lento.

Sus ojos son incluso más oscuros de cerca.

Negros.

Durante un segundo ninguno de los dos dice nada.

Me observa.

Sin disimular.

Su mirada baja un momento, recorriéndome con una tranquilidad que me deja completamente quieto. Luego vuelve a subir hasta mis ojos.

No hay vergüenza en su gesto.

Ni prisa.

Solo esa mirada fija.

Siento cómo mi espalda se tensa sin querer. No es algo a lo que esté acostumbrado. Compartir vestuario, sí. Miradas así… no.

Intento mantener la calma y vuelvo a mirar hacia delante, dejando que el agua siga cayendo sobre mis hombros.

Pero no puedo evitar notar que sigue ahí.

Muy cerca.

Christian se pasa las manos por el pecho para retirar el jabón, con movimientos tranquilos, casi distraídos. Sin embargo, sus ojos no se apartan.

Ni un segundo.

Es como si el resto del vestuario hubiera desaparecido.

El ruido del agua.

El vapor.

El calor.

Todo parece comprimirse en ese pequeño espacio entre las dos duchas.

Sin darme cuenta, vuelvo a mirarlo.

Sus orejas están ligeramente rojas, como si el calor del agua no fuera lo único que le estuviera afectando.

Mi respiración sigue algo acelerada por el partido.

La suya también.

Ninguno habla.

Ninguno se mueve demasiado.

Solo el agua cayendo, el vapor envolviéndolo todo y esa sensación extraña creciendo en el pecho.

Christian mantiene la mirada.

Y por alguna razón… yo tampoco soy capaz de apartarla.

El vapor parece espesarse entre nosotros. El agua resbala por su pecho mientras se pasa las manos por los hombros y el abdomen para quitar los últimos restos de jabón. Sus movimientos son tranquilos, lentos.

Pero no aparta los ojos.

Ni un segundo.

Es entonces cuando lo noto con claridad.

El agua cae por su cuerpo… y entre sus piernas la reacción es evidente.

No intenta ocultarlo. Ni cambiar de postura. Si acaso, levanta apenas la barbilla, como si fuera plenamente consciente de lo que está pasando.

Y de que yo lo he visto.

Mis músculos se tensan de golpe.

Siento como el calor emana de mi cuerpo y una corriente electrica me atraviesa la espalda. No puedo parar de mirarle, me cuesta tragar saliva.

Christian se pasa una mano por el pecho otra vez, bajando despacio por su abdomen mientras me observa, completamente tranquilo.

Como si supiera exactamente lo que está provocando.

El calor del vestuario se vuelve casi insoportable.

El vapor.

El ruido del agua.

Y esos ojos negros, clavados en los míos, sin el más mínimo rastro de vergüenza.

Nota del autor:

Este relato es una obra de ficción. Algunos rasgos físicos de los personajes están inspirados en personas reales. En particular, la presencia física de Christian tomó como una de sus referencias a profesionales del centro Masajes Trébol Madrid.Asimismo, el entorno urbano en el que se desarrolla parte de la vida del protagonista toma como referencia el barrio de Aluche, mientras que los entrenamientos y la ambientación deportiva del relato se inspiran en pabellones como el Centro Deportivo Municipal Gallur.

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